Watchman Nee Libro Book Ap. 1 El Espíritu Santo y la realidad

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LA LUZ DIVINA Y LA OBSESIÓN

LA LUZ DIVINA Y LA OBSESIÓN

Lectura bíblica: Is. 50:10-11; Sal. 36:9

La realidad espiritual consta de todo lo que es verdadero. Es la verdad la que nos hace libres. Lamentablemente, muchas veces los creyentes no tocan lo verdadero, y son atrapados en lo falso; el engaño los seduce y los aprisiona. No ven la verdadera naturaleza de las cosas y se engañan pensando que entienden todo con claridad. Aunque lo que piensan y hacen es incorrecto, están seguros de que obran bien. A esta clase de condición la llamamos “obsesión”. Todo el que está obsesionado, necesita la luz divina para poder ser librado de esa condición. Examinemos lo que es la obsesión.

¿QUÉ ES LA OBSESIÓN?

Estar obsesionado es engañarse a uno mismo. En 1 Juan 1:8 se describe a una persona obsesionada, la cual se engaña a sí misma. Si uno sabe que pecó, pero lo niega, miente; pero si peca, y cree que no lo ha hecho, se engaña a sí mismo. Uno miente, cuando a pesar de saber que ha pecado, no lo admite; y está obsesionado, cuando ha pecado y aún así piensa que es una persona maravillosa y sin pecado como el Señor Jesús; hasta el grado de afirmar y creer que no ha pecado. Dicho de otra manera, mentir es engañar a otros, mientras que estar obsesionado es engañarse a uno mismo. El contenido de la mentira y la obsesión es el mismo; pues en ambos casos hay pecado. La diferencia está en que en el primer caso, la conciencia del hombre sabe que ha pecado, y aún así engaña a los demás haciéndoles creer que no ha pecado; mientras que en el segundo, la mente le dice que no ha pecado, y la persona lo cree sinceramente. Aquellos que engañan a otros, mienten, mientras que los que se engañan a sí mismos, están obsesionados. Quienes están obsesionados llegan a ese estado por dedicar demasiado tiempo pensando en sí mismos. Muchos que son orgullosos se obsesionan con el pensamiento de que son cierta clase de persona, hasta que logran que les crean.

Pablo mismo estuvo obsesionado; por eso, mientras Esteban era apedreado, él “consentía en su muerte” (Hch. 8:1). En su epístola a los Filipenses, habló de su condición anterior: “En cuanto a celo, perseguidor de la iglesia” (Fil. 3:6). El pensaba que para servir con celo a Dios, tenía que perseguir a la iglesia. Así que su corazón se alegraba cuando los creyentes sufrían, de tal manera que “fue al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén” (Hch. 9:1-2). ¿Era correcto su celo? Su deseo de servir a Dios era correcto, pero no estaba bien que persiguiera a la iglesia y creyera que al hacerlo servía a Dios. A pesar de que actuaba mal, creía que obraba bien. Esto es tener una obsesión.

En Juan 16:2 el Señor Jesús describe a algunos que estaban obsesionados. El dijo: “Os expulsarán de las sinagogas; y viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios”. Matar a los discípulos del Señor y creer que así se le rinde servicio a Dios es estar obsesionado.

La obsesión es un problema del corazón; es obrar mal y creer sinceramente que obra bien. Si uno actúa mal, y obstinadamente insiste en que está bien, miente; pero si hace algo indebido y que cree en su corazón y afirma que ha actuado bien, está obsesionado. Mentir es ser obstinado por fuera y estar consumido por dentro; es decir, mostrarse seguro de sí mismo exteriormente y estar seco interiormente. Pero estar obsesionado es estar obstinado por dentro y por fuera; es tener confianza en sí mismo, tanto interior como exteriormente al grado de creer que la conciencia justifica la acción.

Los síntomas de la obsesión son pensar y creer que algo incorrecto es correcto, y no ver el error. Hay quienes están convencidos de que algo le está sucediendo a cierta persona y presentan evidencias para respaldar lo que creen. Esto también es una obsesión. Algunos creyentes desean hacer algo o realizar ciertas metas. Al principio piensan que lo que desean hacer no es correcto, pero cuanto más piensan en ello, más confianza sienten para efectuar sus planes. Uno se puede llegar a obsesionar de tal manera, que no escucha ni aun cuando la Palabra de Dios le indica que está equivocado. No es fácil ayudar ni corregir a un creyente obsesionado, porque cree que su conciencia aprueba sus hechos.

Debemos ser muy cuidadosos y jamás intentar engañar a otros. Si por accidente decimos algo inexacto, debemos corregirlo, porque si conscientemente decimos algo que no es cierto, al principio engañaremos a los que nos escuchan, pero al final terminaremos engañándonos a nosotros mismos.

Conocí a un hermano que en su celo por el Señor, decidió alterar el timbre de su voz. Al principio, cuando oraba, él mismo se sentía algo extraño y era consciente de que su voz no sonaba natural; pero después de un tiempo, se olvidó de que ése no era su verdadero timbre de voz. Los que lo oían orar sabían que ésa no era su voz normal; no obstante, él llegó a pensar que sí lo era. Si uno finge y trata de parecer natural, está obsesionado. Cuando este hermano empezó a fingir la voz, sintió que no era normal, pero se obsesionó tanto que aquel sentimiento desapareció y llegó a creer que era genuino. Esta es la triste condición de alguien que está obsesionado.

Ejemplos de obsesión en Malaquías

El libro de Malaquías, en el Antiguo Testamento, nos muestra lo que es estar obsesionado. En 1:2 dice: “Yo os he amado, dice Jehová”. Este es un hecho; sin embargo, los israelitas respondieron: “¿En qué nos amaste?” Esto es obsesión. Los israelitas, sin temor alguno, refutaron lo que Dios había dicho. Esto prueba que ellos creían en sus corazones que Dios no los había amado. No creyeron en el hecho y tomaron lo falso como verdad. Esto es estar obsesionado.

En Malaquías 1:6 dice: “El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre”. Esta es la palabra de Dios. Pero ellos respondieron: “¿En qué hemos menospreciado tu nombre?” Firmemente creían lo que decían, por eso no temían a Jehová. Esto es obsesión.

El versículo 7 dice: “En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo”. Esta es la palabra de Dios. No obstante, ellos respondieron: “¿En qué te hemos deshonrado?” Estaban equivocados, y no lo admitían. Esto también es obsesión.

En Malaquías 2:13 hallamos: “Y esta otra vez haréis cubrir el altar de Jehová de lágrimas, de llanto, y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano”. Estos eran hechos; sin embargo, dijeron: “¿Por qué?” (v. 4). Hacían mal, pero no lo admitían, lo cual es obsesión.

En el versículo 17 leemos: “Habéis hecho cansar a Jehová con vuestras palabras”. Este era un hecho, pero respondieron: “¿En qué le hemos cansado?” Habían cansado a Dios, no obstante, no lo creían, lo cual muestra que tenían una obsesión.

Leemos en Malaquías 3:7: “Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos”. A estas palabras de Dios, ellos contestaron: “¿En qué hemos de volvernos?” En su mentes, ellos nunca se habían apartado de los preceptos de Dios; por eso creían que no tenían de qué arrepentirse; otra evidencia de obsesión.

El versículo 8 dice: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado”. Dios les dijo esto, pero ellos replicaron: “¿En qué te hemos robado?” Aunque habían robado a Dios, no lo creían, sumidos en su obsesión.

Vemos en el versículo 13: “Vuestras palabras contra mí han sido violentas, dice Jehová”. A este hecho ellos respondieron: “¿Qué hemos hablado contra ti?” Por causa de su obsesión pensaban que no habían hablado contra Dios, aunque obviamente sí lo habían hecho.

Ejemplos de obsesión en el Evangelio de Juan

El evangelio de Juan, en el Nuevo Testamento también presenta varios casos de obsesión. Examinemos algunos de ellos.

En Juan 5:43 dice: “Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése recibiréis”. Los israelitas parecían estar perfectamente en paz con su conciencia a pesar de que habían rechazado al Señor Jesús. Esto es obsesión.

Leemos en el versículo 44: “¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?” Ellos no buscaban la gloria verdadera; sino aquello que no es gloria. Es no es otra cosa que obsesión.

En Juan 7:19 dice: “¿No os dio Moisés la ley? Y ninguno de vosotros cumple la ley. ¿Por qué procuráis matarme?” Estas eran palabras del Señor, pero la multitud respondió: “Demonio tienes; ¿quién procura matarte?” (v. 20). Las mentiras los tenían obsesionados. Si no fuera así, no habrían dicho: “Demonio tienes”. Ellos querían matar al Señor, pero la obsesión que tenían era tal, que pensaban que el Señor tenía un demonio.

El versículo 27 dice: “Pero éste, sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea”. Esto, de nuevo, es una mentira que llega a ser obsesión.

LOS SÍNTOMAS DE LA OBSESIÓN

Estar obsesionado es trágico y doloroso; es una condición anormal. Estudiemos algunos casos.

La obsesión de algunos creyentes se manifiesta en sus palabras. Por un lado, después de que han hablado de cierto asunto, lo niegan; y por otro, a pesar de no haber dicho nada, creen que dijeron algo. Ellos están convencidos de que se dijo algo que en realidad no se ha dicho. Estos creyentes no sólo mienten, sino que están obsesionados. Mentir es decir algo falso estando consciente de ello, y estar obsesionado es no estar consciente de estar mintiendo. Mentir es decir algo falso y después reconocer que no dijo la verdad; pero estar obsesionado es mentir y creer que no ha mentido. Algunos creyentes están tan obsesionados que aceptan las mentiras como si fueran verdades; lo incorrecto como correcto, y lo falso como verídico.

Al principio, uno miente para engañar a otros, pero termina engañándose a sí mismo. Si bien es cierto que los demás sufren por esta mentira, al final uno mismo es el afectado, porque esas tinieblas lo conducen a la obsesión. La mentira llega a ser un hábito en la persona, hasta el punto de convencerse de que está diciendo la verdad. Cuando narra algún suceso, no dice la verdad; sin embargo, repite lo mismo tantas veces que engaña a los que la escuchan. Cuando uno miente por primera vez, se siente intranquilo pues sabe que un creyente no debe mentir; pero con el tiempo, ese malestar empieza a disminuir, hasta que uno se convence de que lo que está diciendo es verdad. Esto es obsesión. Estar obsesionado es inventar una mentira para engañar a otros, y terminar por creerla.

Ciertos creyentes se obsesionan con los testimonios. Cierto hermano escuchó algunos testimonios acerca de oraciones contestadas, de cómo Dios bendijo ciertas obras y de la liberación con respecto a ciertas dificultades. Estos testimonios despertaron tanto su imaginación, que llegó a pensar que sus oraciones también habían sido contestadas, que su labor era bendecida y que tenía la experiencia de ser librado de sus problemas. Siempre que tenía la oportunidad, se levantaba a testificar y describía sus experiencias tan detalladamente, que parecían ciertas. Un asunto ordinario lo tornaba extraordinario; y uno insignificante lo exgeraba. Después de testificar de esta forma una y otra vez, empezó a creer sus propias palabras. Llegó al punto en que no sabía qué parte de la historia era verdad y qué parte era mentira. Cuando alguien cae tan profundo en su engaño, cree que todo lo que dice es verdad. Tal actitud es una obsesión.

Otros se obsesionan con la enfermedad. Aunque los médicos no detecten ningún problema físico, ellos están seguros de que tienen cierta enfermedad. En realidad, la mayoría de sus enfermedades son producto de su amor propio. Se aman tanto que se protegen detrás de toda clase de padecimientos imaginarios. Interpretan cualquier malestar como señal de enfermedad. Así que, si el corazón les late más rápido de lo normal, inmediatamente dicen que padecen problemas cardíacos; si tosen, piensan que tienen tuberculosis o pulmonía. Si el doctor les dice que ellos no tienen nada, piensan que ése no es un buen doctor; y si les dice que están enfermos, afirman que es un buen médico. Esto es amarse obsesivamente a uno mismo. Al principio, cuando hablan de sus enfermedades lo hacen con el fin de ganarse la simpatía y la atención de sus parientes y amigos; pero al final ellos mismos terminan creyendo que están enfermos. Crear una enfermedad de la nada también es obsesión. Estar obsesionado es engañarse a uno mismo con algo ficticio.

Otros están obsesionados por el miedo. Tienen temor aunque no haya motivo. Posiblemente al principio sienten recelo, pero a medida que pasa el tiempo, sienten verdadero miedo. No importa cuánto trate uno de explicarles que no deben temer, no lo creen, y más temor experimentan. Esto constituye una obsesión.

Hay otros creyentes que están obsesionados con las especulaciones. Carecen de luz y, en consecuencia, especulan sobre fantasías que luego toman como hechos. Por ejemplo, primero especulan que cierta persona intenta algo, ya sea ir a algún lugar o hablar sobre cierto asunto; y luego están seguros de que eso realmente sucedió. Llegan a obsesionarse tanto, que crean algo donde no hay nada. Incluso pueden acusar falsamente a alguien y a la vez creer que tienen la razón. Describir a una persona de una manera incorrecta, o creer que hizo algo que en realidad no ha hecho o aceptar las especulaciones como si fueran realidades es una obsesión.

Examinemos otra clase de obsesión. Algunos creyentes buscan sinceramente al Señor y desean vivir en Su presencia. Sin embargo, debido a que carecen de luz, ven el mal donde no está. Algunas veces se obsesionan con la idea de haber cometido un pecado irreparable e imperdonable. Esa preocupación los acompaña constantemente, y lloran y se angustian con la obsesión de un pecado que no existe. Les parece que Dios jamás les perdonará lo que hicieron y llegan a pensar que ni la sangre del Señor los puede limpiar. En realidad no es así, porque ante Dios ellos no han pecado, pero ellos están obsesionados y no ven esto. Creen que no es suficiente confesar una sola vez, por eso confiesan centenares de veces, pero piensan que el pecado todavía está allí. ¿Qué es esto? Obsesión. Podemos obsesionarnos no sólo con cosas malas, sino también con la sensación de haber pecado. Si un creyente que busca al Señor no tiene luz, se sentirá condenado aun por lo que no ha cometido. Esto es obsesión. Estar obsesionado es creer que algo es verdad cuando no lo es.

En Isaías 5:20 dice: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas, luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” Una persona puede obsesionarse de tal manera que a lo bueno le dice malo, y a lo malo bueno, a las tinieblas luz, y a la luz tinieblas, a lo amargo dulce, y a lo dulce amargo. Aunque indudablemente está mal, tiene la certeza de que está bien. Esta es una condición muy lamentable. Lo peor que le puede pasar a un creyente es no darse cuenta de que ha pecado. Cuando uno peca se contamina, pero si ni siguiera sabe que ha pecado, está en tinieblas. La contaminación en sí es peligrosa, pero si a ésta la acompañan las tinieblas es peor. Si vivimos en tinieblas, no podemos ver; por tanto, no podemos seguir adelante.

La obsesión presenta diferentes síntomas. Un creyente puede obsesionarse con sus pensamientos, sus palabras, su condición espiritual, sus pecados, o con los de otros; con sus propias palabras, o con las de otros. La obsesión es muy común y puede darse en cualquier creyente. Hay algunos que se encuentran obsesionados en menor grado, y otros que lo están seriamente. Por lo tanto, es importante que prestemos atención a este asunto.

LAS CAUSAS DE LA OBSESIÓN

Siempre existen razones para que los creyentes se obsesionen. Examinemos en la Biblia algunas de las razones básicas que causan la obsesión.

El amor a las tinieblas

Una causa notable de la obsesión es que el hombre no ama la luz sino las tinieblas. Cuando alguien prefiere las tinieblas a la luz, su corazón es impuro, lo cual lo convierte en una presa fácil de la obsesión. Uno primero trata de evitar dificultades, problemas y la luz misma, argumentando que todo está bien; pero finalmente empieza a creer que está en lo correcto y que es bueno. Los israelitas rechazaron al Señor Jesús porque amaban más las tinieblas que la luz (Jn. 3:19). Ellos moraban en las tinieblas; por eso pensaron que era razonable rechazar y aborrecer al Señor Jesús. El Señor dijo: “Si Yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a Mí y a Mi Padre” (15:24). Esto se debía a que estaban obsesionados. Aborrecieron al Señor Jesús sin causa alguna (v. 25). Debemos entender que donde haya tinieblas y falte luz, allí la visión, la confianza y el juicio son incorrectos. Todo lo que está errado, posee el elemento de la obsesión. No amar la luz, resulta en obsesión.

El orgullo

El orgullo constituye otra de las principales causas de la obsesión. En Abdías 3 dice: “La soberbia de tu corazón te ha engañado”. Aquí podemos ver que el orgullo causa que nos engañemos hasta el grado de obsesionarnos. Cuando uno emprende algo con la intención de obtener una posición y jactarse delante de los hombres, empieza por fingir y engañar a otros y, gradualmente, a sí mismo, hasta llegar a la obsesión. Una vez que uno se vuelve orgulloso, es fácil imaginarse que es alguien, que ha logrado algo, hasta que gradualmente empieza a creer que aquello es la realidad. El resultado de esto es la obsesión. Hermanos, no piensen que el orgullo es un pecado insignificante. El orgullo fácilmente nos conduce a la obsesión, por eso debemos ser humildes.

El rechazo de la verdad

Otra de las causas importantes de la obsesión es rechazar el amor de la verdad. En 2 Tesalonicenses 2:10-11 dice que Dios les envía a aquellos que “no recibieron el amor de la verdad … una fuerza de error, para que crean la mentira”. Este es un final terrible; creer las mentiras conduce a la obsesión. Creer la mentira es creer que hay algo donde en realidad no hay nada. Si rechazamos el amor de la verdad, indudablemente creemos la mentira, y cuando esto sucede, estamos obsesionados.

En proverbios 23:23 dice: “Compra la verdad, y no la vendas; la sabiduría, la enseñanza y la inteligencia”. La verdad se debe comprar, o sea que nos cuesta. Seríamos bienaventurados si nuestro corazón estuviera listo para amar y recibir sólo las verdades de Dios a toda costa. Pero muchos no tienen un corazón que ame la verdad. Por el contrario, tuercen la verdad, la anulan y terminan dudando de ella. Convierten la verdad en mentira, y la mentira en verdad, y se sienten bien pensando así. Esto es estar obsesionado. Debemos darnos cuenta de que si no recibimos inmediatamente el amor de la verdad, nos será muy difícil ver la verdad más adelante.

Un hermano que estudiaba en un seminario, en una ocasión le preguntó a un profesor de teología acerca del bautismo. Este hermano había visto que había sido crucificado con Cristo, que había muerto y que necesitaba ser sepultado. Así que quería ser bautizado. Le preguntó al profesor qué pensaba, a lo cual éste contestó: “Yo tuve una experiencia similar cuando estudiaba en el seminario. Estaba por graduarme cuando comprendí que había muerto y que debía ser sepultado y bautizado. Pero si hubiera sido bautizado en ese entonces, no habría podido continuar trabajando en mi denominación. Así que oré y sentí que debía esperar hasta que me graduara como pastor. Muchos años han pasado desde que me gradué y llegué a ser pastor y todavía no he sido bautizado, pero todo parece estar bien. Concéntrate en tus estudios. Una vez que te gradúes y seas un pastor, tales preguntas no te molestarán más”. Desobedecer a la verdad y pensar que uno puede vivir en paz es obsesión. Afortunadamente este hermano no siguió los consejos de aquel profesor. Hermanos y hermanas, cuando nuestro corazón no se entrega al Señor incondicionalmente, nos obsesionamos con facilidad.

No buscar la gloria que viene del Dios único

Otras de las causas de la obsesión es no buscar la gloria que viene del Dios único. El Señor Jesús dijo: “¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?” (Jn. 5:44). Los israelitas rechazaron al Señor y perdieron la vida eterna por buscar otra clase de gloria. ¡Qué lamentable es esto! Al buscar los israelitas la gloria de los hombres, su corazón se volvió la mentira. Así que, empezaron a obsesionarse con la idea de que eran muy importantes.

VER LA LUZ EN LA LUZ DE DIOS

La obsesión es algo trágico. Los hijos de Dios no deben obsesionarse. Cuando alguien se obsesiona no puede ver la verdadera naturaleza de las cosas. En el siguiente párrafo estudiaremos este aspecto, y la manera de ser salvos de la obsesión.

En Isaías 50:10-11 dice: “¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios. He aquí que todos vosotros encendéis fuego, y os rodeáis de teas; andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados”.

El versículo 10 no es fácil de entender. Podemos entender mejor el significado si lo leemos de la siguiente manera: “¿Hay alguno entre vosotros que tema al Señor y obedezca la voz de Su siervo?” Si alguien quiere obedecer la voz del siervo del Señor, pero anda en tinieblas y carece de luz, ¿qué debe hacer? Debe confiar en el nombre de Jehová y apoyarse en su Dios.

El versículo 11 dice: “He aquí que todos vosotros encendéis fuego, y os rodeáis de teas; andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados”. Cuando los israelitas andaban en tinieblas y carecían de luz, era natural que encendieran fuego y se rodearan de teas. ¿No era correcto que anduvieran a la luz de su fuego y de las teas que encendían? No, porque si hacían esto serían sepultados en dolor. El fuego que el hombre enciende no puede eliminar las tinieblas espirituales. La luz viene de Dios, no del hombre. El fuego del hombre nunca proporcionará una visión espiritual genuina.

Nuestro propio fuego nunca podrá ser la fuente de la luz espiritual. Algunos creyentes dicen: “¿Cómo puede usted afirmar que yo estoy mal? Yo no me siento mal en nada; todo está bien”. Posiblemente uno piense que no está mal, e incluso puede sentirlo y creerlo; pero, ¿se puede confiar en uno mismo? Otros dicen: “He analizado cierto asunto por largo tiempo y puedo asegurar que se hará de cierta manera”. ¿Puede llegar uno a una conclusión definitiva sólo por analizar la situación? Según la Palabra de Dios, ésta no es la manera de llegar a conocer algo. Podemos analizar con todo nuestro racionio alguna cosa, pero lo que logramos es sólo fuego humano. Un creyente no puede andar en la senda espiritual alumbrado con su propio fuego, sino que debe confiar en el nombre del Señor y depender de Dios, porque sólo así puede ver y andar por la senda espiritual. Cuanto más analizamos, más nos confundimos y nos engañamos. Debemos darnos cuenta de que la luz espiritual no viene de nuestros sentimientos o pensamientos propios. Cuanto más buscamos la luz en nosotros mismos, menos la encontramos, pues no se encuentra ahí.

Leamos Salmos 36:9: “Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz”. Esto nos enseña que por medio de la luz divina, el hombre puede ver la luz y la verdadera condición de las cosas. “En tu luz veremos la luz”. La primera es la luz que ilumina, y la segunda, la verdadera naturaleza de las cosas. Esto significa que sólo podemos ver lo intrínseco de las cosas cuando nos encontramos en la luz divina y vivimos en ella.

Hermanos, el lugar donde vivimos es lo que hace la diferencia. Debemos vivir en la luz divina si queremos ver. Algunos creyentes merecen mucho respeto, no por que sean buenos hombres, sino porque viven delante del Señor. En 1 Juan 1:5 dice que Dios es luz. Aquellos que conocen a Dios, conocen la luz. Podemos hallar a Dios por medio de aquellos que conocen la luz. Cuando nos encontramos con alguien que conoce la luz divina, notamos que a esa persona le es fácil ver nuestra verdadera condición y nuestros defectos. No nos ofende; simplemente sus ojos interiores son penetrantes y puede descubrir fácilmente la verdadera condición de las cosas. Cuando uno no tiene luz piensa que ciertos asuntos están bien, pero si la tiene, discierne el verdadero carácter de las cosas. Unicamente los que viven en la luz divina pueden ver la luz y la naturaleza intrínseca de las cosas. Cuando estamos bajo la intensa luz del sol, no tenemos necesidad de usar antorchas. De igual manera, si estamos bajo la luz de Dios, no tenemos necesidad del fuego humano. Si vivimos en la luz de Dios, discerniremos claramente la naturaleza intrínseca de las cosas. De la única manera que uno puede conocerse genuinamente, es verse bajo la luz de Dios. Si uno no está bajo la luz de Dios, puede pecar y no sentir el mal del pecado; puede fracasar y no sentirse avergonzado; puede actuar bien por fuera sin darse cuenta de cuán engañoso es su corazón; ser humilde exteriormente, y no percibir cuán orgulloso es por dentro; aparentar gentileza, y no darse cuenta de cuán obstinado es interiormente, e incluso aparentar espiritualidad, sin ver cuán carnal es. Cuando la luz de Dios brilla sobre nosotros, nuestra verdadera condición queda expuesta, y admitimos que hemos estado ciegos.

La diferencia entre el Antiguo Testamento y el Nuevo es que el primero les muestra a los hombres lo correcto y lo incorrecto por medio de leyes externas; mientras que el segundo nos muestra la verdadera naturaleza de las cosas por medio del Espíritu Santo, el cual mora en nosotros. Muchas veces las doctrinas nos hacen ver nuestros errores, lo cual es muy superficial. Sólo cuando los vemos por medio de la luz divina, tenemos una visión profunda. Cuando nos encontramos en la luz divina, vemos lo que Dios ve. Esto es lo que significa ver la luz en la luz.

Para no obsesionarnos debemos vivir en la luz de Dios. Sin embargo, la más grande tentación que tenemos es encender nuestro propio fuego. Siempre que nos enfrentamos con dificultades, nos examinamos interiormente para encontrar lo que está bien y lo que está mal. Hermanos, Dios no desea que hagamos esto. Tenemos que humillarnos y admitir que ni nuestros juicios, ni nuestros pensamientos, ni nuestra conducta son dignos de confianza, pues podemos estar equivocados. Lo que nosotros consideramos malo tal vez no lo sea; lo que juzgamos dulce puede no serlo; lo que nos parece amargo tal vez no sea amargo; lo que a nuestro juicio es luz, quizá sea tinieblas. No debemos reemplazar la luz divina con la nuestra. Nuestra luz tiene que venir de Dios.

El Señor dijo: “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¡cuán grande serán esas tinieblas!” (Mt. 6:22-23). Cuando un creyente pierde la luz interior, se obsesiona. Es muy lamentable no poder ver lo que debemos ver y no saber lo que debemos saber. Debemos pedirle a Dios que nos ilumine para poder tocarle. La vida cristiana no debe estar llena de interrogantes, dudas e incertidumbre. Debemos ver cuando algo es correcto o incorrecto, porque esto nos librará de la obsesión.

El Señor dijo: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la enseñanza es de Dios, o si Yo hablo por Mi propia cuenta” (Jn. 7:17). La condición para recibir la luz es buscar la voluntad de Dios. Cuando enfrentemos una situación, no debemos decir gratuitamente que algo está bien ni que está mal. Necesitamos pedirle a Dios que nos conceda Su misericordia, de tal manera que tengamos un profundo deseo de hacer Su voluntad. La obstinación, el egoísmo y la justificación propia, pueden apagar la luz divina. Si anhelamos tener la luz divina, debemos ser sencillos y humildes, no orgullosos ni seguros de nosotros mismos. Que el Señor nos salve día tras día para vivir en Su luz y conocer así lo que es verdadero. Que el Señor nos salve de la mentira y la obsesión.